EL SUEÑO DE BOQUETE. (Parte 3)
En un instante el relámpago
ilumino todo, y el estruendo después de veinte segundos retumbo en los odios de
todos los que íbamos en la combi.
El domingo en la mañana salimos a la carretera a ver en qué forma íbamos
a llegar a Caldera, nos dijeron que los colectivos que van hasta allá no
trabajaban ese día, así que tuvimos que tomar el bus que va hasta David y
bajarnos en la entrada del poblado de
Caldera. Luego comenzamos a caminar con la esperanza de que alguien nos
aventajara un poco en el camino, pero casi no paso nadie, hasta que paso una
combi de transporte local que por 90 centavos de dólar nos llevó hasta el
sendero que llevaba a las pozas. De donde
nos bajó la combi tuvimos que caminar por más de media hora, en Caldera el sol
pegaba más fuertemente que en lo alto del pueblo de Boquete. El camino era muy
bonito pero mucho más plano con caballos pastando y con cabañas lejanas desde
donde los niños saludaban a todo cuanto pasaba, y otros jugaban beisbol. Por
varios minutos no vimos a ninguna persona, hasta que de pronto llegamos a una
caseta por donde había una especie de presa y luego un puente, por un momento
pensamos que ya estábamos en las aguas termales de Caldera, pero no, el camino
seguía, todavía pasamos por otro puente de acero bastante grande donde le
preguntamos a un señor que iba pasando, nos dijo que ya eran adelantito, pero
que admiráramos la vista del río desde el puente, él así lo hacía día con día
cuando pasaba a trabajar.
Seguimos caminando hasta que un señalamiento indicaba de manera no muy
clara que las pozas termales estaban a la izquierda, y de allí el paisaje se
volvió mágico. Subimos y bajamos unas colinas de piedra, luego nos recibió un
inmenso árbol caído en el suelo, era bastante grande y lleno de ramificaciones.
Por allí pasaban riachuelos y de pronto comenzaron a aparecerse chivas de
distintos tonos que iban por la orilla del riachuelo, algunas de ellas se detenían a comerse
lentamente las hojas de los árboles. De pronto se aparecieron dos señoras indígenas con sus vestimentas típicas
y nos saludaron, también llegamos a zonas de charcos con puentes improvisados,
hasta que por fin llegamos a una finca
con una casa a lo lejos desde donde se alcanzaban a escuchar los gritos de una
niña. Adelante había unas pozas de agua caliente en medio del fango, nosotros
veníamos bastante acalorados después de la larga caminata que mejor decidimos
ir al río.
En el río nos metimos a nadar, el agua era fría, pero las inmensas rocas
formaban pequeñas piscinas naturales, la corriente aunque no era fuerte,
alcanzaba a moverte de tu lugar por lo que tenías que abrazar las piedras para
detenerte, era una sensación tan relajante
estar nadando en esas aguas. No estuvimos mucho tiempo dentro del agua,
esporádicamente llegaban personas a nadar y se salían. Después de unos minutos el cielo comenzó a
nublarse así que nos salimos y fuimos a sentarnos un momento al puente
colgante que estaba a tan solo unos
metros de distancia y desde donde se divisaba la inmensidad del río.
La lluvia amenazaba con llegar por lo que decidimos ir de regreso para
alcanzar el último transporte que los domingos era a las cinco de la tarde.
Para salir tomamos el mismo camino por donde habíamos llegado, en la casa desde
donde se escuchaban los grito de la niña, ahora el panorama había cambiado pues
en el patio estaba una niña con su mamá jugando con las chivas, algunas de
ellas, las más inteligentes, alcanzaban a cruzar el puente para no ser objeto
del juego de la niña. Posteriormente pasamos por el gigantesco arbol caído y luego por el puente hasta que volvimos al sendero que nos llevaría a la carretera.
Nosotros teníamos que caminar por poco más de media hora, y no habían
pasado ni veinte minutos cuando comenzó a llover, los caballos se escondían
debajo de los árboles, y de pronto el
cielo comenzó a iluminarse con los relámpagos
que caían a la redonda, y los truenos se
hacían sentir haciendo vibrar la misma tierra. Yo llevaba mis audífonos
escuchando música y decidí quitármelos para apreciar los truenos, el sonido era
tan nítido como estar adentro de una sala de cine. Por fin llegamos al camino
principal todos empapados, nos sentamos en una casetita techada que había para
esperar la combi y allí estaba una familia indígena que vivía en esa zona,
enseñamos a uno de los niños a que la chocara como lo hacemos en México. Luego
paso el transporte, iba lleno, las ventanas cerradas por la lluvia y los
vidrios empañados, pero de pronto en un instante un relámpago ilumino todo, y
el estruendo después de veinte segundos retumbo en los oídos de todos los que
íbamos en la combi. Los rayos y relámpagos
siguieron todo el trayecto de regreso, incluso en el bus que nos llevó de regreso hasta
Boquete.
Ya en la tarde noche
fuimos a comer y luego al hostal. Por la
noche salí de mi cuarto y me recosté en la hamaca del patio, donde estaban
todos los árboles frutales, y me puse a
observar el cielo: Entre las moradas nubes de lluvia se aparecían las
constelaciones de estrellas y al fondo las luces del volcán.
Escrito por David Herrera
16 de Septiembre de 2015.






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