martes, 22 de septiembre de 2015

32. EL SUEÑO DE BOQUETE. (Parte 3)



EL SUEÑO DE BOQUETE.  (Parte 3)

En un instante el relámpago ilumino todo, y el estruendo después de veinte segundos retumbo en los odios de todos los que íbamos en la combi.


El domingo en la mañana salimos a la carretera a ver en qué forma íbamos a llegar a Caldera, nos dijeron que los colectivos que van hasta allá no trabajaban ese día, así que tuvimos que tomar el bus que va hasta David y bajarnos en la entrada del poblado de  Caldera. Luego comenzamos a caminar con la esperanza de que alguien nos aventajara un poco en el camino, pero casi no paso nadie, hasta que paso una combi de transporte local que por 90 centavos de dólar nos llevó hasta el sendero que llevaba a las pozas.  De donde nos bajó la combi tuvimos que caminar por más de media hora, en Caldera el sol pegaba más fuertemente que en lo alto del pueblo de Boquete. El camino era muy bonito pero mucho más plano con caballos pastando y con cabañas lejanas desde donde los niños saludaban a todo cuanto pasaba, y otros jugaban beisbol. Por varios minutos no vimos a ninguna persona, hasta que de pronto llegamos a una caseta por donde había una especie de presa y luego un puente, por un momento pensamos que ya estábamos en las aguas termales de Caldera, pero no, el camino seguía, todavía pasamos por otro puente de acero bastante grande donde le preguntamos a un señor que iba pasando, nos dijo que ya eran adelantito, pero que admiráramos la vista del río desde el puente, él así lo hacía día con día cuando pasaba a trabajar. 

 


Seguimos caminando hasta que un señalamiento indicaba de manera no muy clara que las pozas termales estaban a la izquierda, y de allí el paisaje se volvió mágico. Subimos y bajamos unas colinas de piedra, luego nos recibió un inmenso árbol caído en el suelo, era bastante grande y lleno de ramificaciones. Por allí pasaban riachuelos y de pronto comenzaron a aparecerse chivas de distintos tonos que iban por la orilla del riachuelo,  algunas de ellas se detenían a comerse lentamente las hojas de los árboles. De pronto se aparecieron  dos señoras indígenas con sus vestimentas típicas y nos saludaron, también llegamos a zonas de charcos con puentes improvisados, hasta que por fin  llegamos a una finca con una casa a lo lejos desde donde se alcanzaban a escuchar los gritos de una niña. Adelante había unas pozas de agua caliente en medio del fango, nosotros veníamos bastante acalorados después de la larga caminata que mejor decidimos ir al río.



En el río nos metimos a nadar, el agua era fría, pero las inmensas rocas formaban pequeñas piscinas naturales, la corriente aunque no era fuerte, alcanzaba a moverte de tu lugar por lo que tenías que abrazar las piedras para detenerte, era una sensación tan relajante  estar nadando en esas aguas. No estuvimos mucho tiempo dentro del agua, esporádicamente llegaban personas a nadar y se salían.  Después de unos minutos el cielo comenzó a nublarse así que nos salimos y fuimos a sentarnos un momento al puente colgante  que estaba a tan solo unos metros de distancia y desde donde se divisaba la inmensidad del río. 

  

La lluvia amenazaba con llegar por lo que decidimos ir de regreso para alcanzar el último transporte que los domingos era a las cinco de la tarde. Para salir tomamos el mismo camino por donde habíamos llegado, en la casa desde donde se escuchaban los grito de la niña, ahora el panorama había cambiado pues en el patio estaba una niña con su mamá jugando con las chivas, algunas de ellas, las más inteligentes, alcanzaban a cruzar el puente para no ser objeto del juego de la niña. Posteriormente pasamos por el gigantesco arbol caído y luego por el puente hasta que volvimos al sendero que nos llevaría a la carretera. 



Nosotros teníamos que caminar por poco más de media hora, y no habían pasado ni veinte minutos cuando comenzó a llover, los caballos se escondían debajo de los árboles,  y de pronto el cielo comenzó a iluminarse  con los relámpagos que caían a la redonda, y los truenos  se hacían sentir haciendo vibrar la misma tierra. Yo llevaba mis audífonos escuchando música y decidí quitármelos para apreciar los truenos, el sonido era tan nítido como estar adentro de una sala de cine. Por fin llegamos al camino principal todos empapados, nos sentamos en una casetita techada que había para esperar la combi y allí estaba una familia indígena que vivía en esa zona, enseñamos a uno de los niños a que la chocara como lo hacemos en México. Luego paso el transporte, iba lleno, las ventanas cerradas por la lluvia y los vidrios empañados, pero de pronto en un instante un relámpago ilumino todo, y el estruendo después de veinte segundos retumbo en los oídos de todos los que íbamos en la combi.  Los rayos y relámpagos siguieron todo el trayecto de regreso, incluso  en el bus que nos llevó de regreso hasta Boquete.
Ya en la tarde noche fuimos a comer y luego al hostal. Por  la noche salí de mi cuarto y me recosté en la hamaca del patio, donde estaban todos los árboles frutales, y  me puse a observar el cielo: Entre las moradas nubes de lluvia se aparecían las constelaciones de estrellas y al fondo las luces del volcán.

Escrito por David Herrera
                                                                                               16 de Septiembre de 2015.

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